Monografías y Artículos de Medioambiente.

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oopinionCuando yo era un estudiante, en la década de 1970, el mundo estaba llegando a su fin, o eso me decían los mayores. Decían que la explosión demográfica era imparable, la hambruna en masa inminente, se iniciaba una epidemia de cáncer causado por productos químicos en el medio ambiente, el desierto del Sahara avanzaba una milla por año, volvía la edad del hielo, el petróleo se estaba agotando, la contaminación del aire nos estaba a asfixiando y el invierno nuclear nos iba a rematar. No parecía tener mucho sentido hacer planes de futuro. Me acuerdo de una fantasía que tenía, me iría a las islas Hébridas, cerca de la costa oeste de Escocia, y viviría de la tierra para poder sobrevivir a estos holocaustos, al menos hasta que el cáncer me pillara.

No me estoy inventando nada. Cuando yo tenía 21 años me di cuenta de que nadie me había dicho nunca nada optimista sobre el futuro del planeta y su gente, ni en una conferencia, ni en un programa de televisión. Ni siquiera en una conversación en un bar, al menos que yo pudiera recordar. El desastre era seguro. 

Las dos décadas siguientes fueron igual de malas: la lluvia ácida iba a devastar los bosques, la pérdida de la capa de ozono nos iba a freír, los estrógenos iban a diezmar la cantidad de espermatozoides, la gripe porcina, la gripe aviar y el virus del Ébola nos iban a aniquilar a todos. En 1992, la Cumbre de la Tierra de las Naciones Unidas celebrada en Río de Janeiro abrió su agenda para el siglo XXI con estas palabras “La humanidad se encuentra en un momento decisivo de su historia. Nos enfrentamos con la perpetuación de las disparidades entre las naciones y dentro de ellas, un agravamiento de la pobreza, el hambre, las enfermedades y el analfabetismo, y el continuo deterioro de los ecosistemas de los que dependemos para nuestro bienestar”. 

Para entonces yo había empezado ya a darme cuenta de que este terrible futuro no era tan malo. De hecho, todos y cada uno de los desastres con que me habían amenazado habían resultado falsos o exagerados. La explosión demográfica se suavizó, el hambre había sido erradicada en gran parte (salvo en las tiranías asoladas por la guerra), la India exportaba alimentos, la tasa de cáncer (ajustada por edad) caía en vez de aumentar, el Sahel se hacía más verde, el clima se templaba, el petróleo era abundante, la contaminación del aire mejoraba rápidamente, el desarme nuclear avanzaba aceleradamente, los bosques prosperaban, la calidad del esperma no se había desplomado. Y, sobre todo, la prosperidad y la libertad estaban avanzando a costa de la pobreza y la tiranía. 

Comencé a interesarme y hace unos años empecé a preparar un libro sobre el tema. Me quedé asombrado por lo que descubrí. Durante los años de mi vida, la renta per cápita global, corregida la inflación, se había triplicado , la esperanza de vida se había incrementado en un tercio, la mortalidad infantil había disminuido en dos tercios, la tasa de crecimiento de la población se había reducido a la mitad. Había salido de la pobreza más gente que en toda la historia anterior de la humanidad. Cuando yo nací, el 36% de los estadounidenses tenía aire acondicionado. Hoy en día el 79% de los estadounidenses por debajo del umbral de la pobreza tienen aire acondicionado. Las emisiones contaminantes de los automóviles se redujeron un 98%. El tiempo de salario medio que hay que trabajar para pagar una hora de luz artificial para leer bajó de 8 segundos a medio segundo. 

Los seres humanos no sólo son más prósperos, también son más saludables, más sabios, más felices, más tolerantes, menos violentos, más iguales. Compruébelo usted mismo, los datos son claros. Sin embargo, los pesimistas eran cada vez más estridentes y apocalípticos. Nos enfrentábamos al “fin de la naturaleza”, a la “anarquía inminente’, a un “futuro robado”, al “siglo final” y a la catástrofe climática. Y empecé a preguntarme ¿por qué el fracaso de las predicciones anteriores tiene tan pocas consecuencias en esta letanía? 

Pronto me di cuenta. Como otros que han tratado de llamar la atención sobre la mejora de los niveles de vida, en particular Julian Simon y Bjorn Lomborg, estoy empezando a ser objeto de una sostenida campaña de difamación de los pesimistas. Distorsionan mis argumentos, cuestionan mis motivos y me atacan por decir cosas que nunca dije. Dicen que yo pienso que el mundo es perfecto, cuando no puede estar más claro que yo defiendo el progreso precisamente porque tenemos que ser ambiciosos para corregir tantas cosas que siguen estando mal. Dicen que soy un conservador, cuando es el temor reaccionario hacia el cambio lo que ataco. Dicen que favorezco a los ricos, cuando es la prosperidad de los pobres lo que yo defiendo. Dicen que soy un conformista, cuando es todo lo contrario. Sabía que esto iba a pasar, y lo tomo como un malintencionado cumplido, pero aun así la intensidad es alarmante. En vez de mantener un debate, están ansiosos por cerrarlo. 

Ahora veo en primera persona cómo evité toda buena noticia cuando yo era joven. ¿Dónde están los grupos de presión con interés en relatar las buenas noticias? No existen. Por el contrario, los gigantes de las malas noticias, como Greenpeace, Amigos de la Tierra y el WWF, gastan cientos de millones de dólares al año, y el desastre es su mejor recaudador de fondos. ¿Dónde está el interés de los medios de comunicación en verificar los resultados de las predicciones pesimistas anteriores? No hay ninguno. Según mis cuentas, Lester Brown, ha pronosticado ya un punto de inflexión en los rendimientos agrícolas en seis ocasiones desde 1974, y se ha equivocado cada vez. Paul Ehrlich ha venido pronosticando hambrunas y cáncer masivos durante 40 años. Todavía predice que “el mundo está llegando a un punto de inflexión”. 

Ah, esa frase otra vez. Yo la llamo inflexionitis. No suele andar lejos de los labios de los profetas de la catástrofe. Están convencidos de que se encuentran en lo alto del pivote de la historia, el punto de inflexión donde la montaña rusa comienza a ir cuesta abajo. Pero entonces comencé a mirar hacia el pasado para ver qué habían dicho antes los pesimistas y descubrí la expresión usada en cada generación, o un equivalente. La causa de su pesimismo variaba -por ejemplo, tintada a menudo de eugenesia a principios del siglo veinte-, pero la certeza de que su propia generación se hallaba en el cénit de la historia humana era la misma. 

Me remonté hasta 1830 y aún estaba la misma creencia. De hecho, el poeta e historiador Thomas Macaulay ya estaba harto por entonces: “No podemos probar con certeza que están equivocados quienes nos dicen que la sociedad ha llegado a un punto sin retorno y que hemos visto ya nuestros mejores días. Pero lo mismo dijeron todos antes de nosotros y con la misma razón aparente”. Y continúa: “¿En base a qué principio, cuando detrás nuestro no vemos otra cosa que mejoras, tenemos que esperar nada más que deterioro en el futuro?” 

En efecto.

Fuente: http://www.terceracultura.net/tc/?p=2188

 
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