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oopinionEl socioecólogo Ramon Folch cuestiona el actual modelo de desarrollo, por no tener en cuenta los impactos ambientales en su plasmación en el modelo de consumo. En su libro La quimera del crecimiento (RBA; La quimera de créixer, Magrana) defiende las energías renovables pero no a cualquier precio.

¿Qué hace que el actual modelo económico sea insostenible?

Uno de los elementos clave de la insostenibilidad es que en los balances económicos no se incluyen los costes de las externalizaciones ambientales negativas, como las emisiones de gases, de residuos. Nadie se hace responsable de ellos. El ejemplo más claro es el cambio climático: arrojar al exterior el dióxido de carbono. Pero no hay ningún exterior; es una ilusión. Una economía globalizada que no necesitara un exterior al que transferir sus disfunciones sí sería sostenible.

La ciudadanía no acepta mensajes apocalípticos. Hay ecofatiga, ¿no le parece?

Lo que está pasando en estos momentos no tiene precedentes en la historia de la humanidad. Nunca habíamos sido tantos consumiendo tantísimo. No tenemos referentes históricos que nos puedan orientar. Una minoría tiene cierta comprensión de la dimensión del problema, pero no dispone de instrumentos o experiencia para abordarlo.

¿Estamos ante un problema económico o ecológico?

No hay ningún fallo en el funcionamiento de los sistemas ecológicos. Lo que sí hay son disfunciones económicas que producen alteraciones ambientales. Como estas se ven generan una respuesta reactiva. Pero usamos analgésicos contra el dolor, no antibióticos contra la enfermedad.

¿Qué ejemplos daría?

Cualquier balance económico riguroso debería considerar el coste de las reposiciones de los recursos energéticos fósiles, pero no es así, lo cual es una anomalía económica. Dicen que la economía necesita crecer; si no crece constantemente, no funciona. Además, tiene que vender constantemente patrimonio, concretamente recursos naturales no renovables. O sea que vive de ampliar capital (crecimiento) y de enajenar patrimonio. Es obvio que está en quiebra técnica. La burbuja y la crisis que hemos sufrido es una forma particularmente exaltada de este sistema de crecer, no como consecuencia del proceso económico, sino como herramienta necesaria para que el sistema económico funcione.

¿Se está subvencionando la insostenibilidad?

Sí. A veces directamente, como la subvención al carbón, y a veces indirectamente, cuando no se incluyen los costes de emisión de CO2 del petróleo.

¿Imagina un modelo económico diferente?

Constatar estas disfunciones y detectar el mal funcionamiento no me convierte en alguien que disponga de las soluciones. No soy ningún hombre orquesta y menos aún un economista.

¿Hay que consumir menos?

Todas las estrategias del último siglo han sido orientadas a garantizar la oferta. La principal función de los empresarios y los gobernantes ha sido poner en el mercado todo lo que se pedía. Pero no se puede poner en el mercado cantidades ilimitadas de hidrocarburos, por ejemplo, porque no los tenemos, todo lo cual demuestra que se ha de gestionar la demanda.

¿Qué instrumentos hay?

Creo en el trinomio virtuoso eficiencia, ahorro y suficiencia. Tú eres eficiente cuando colocas una bombilla de bajo consumo. Ahorras cuando apagas esta bombilla cada vez que sales de la habitación. Y practicas la suficiencia cuando determinas qué intensidad lumínica necesitas para trabajar cómodamente. Esto no es irrelevante. La diferencia entre hacerlo y no hacerlo puede dar una relación de consumo de 1 a 10. Reducir a una tercera o cuarta parte la demanda garantizando el nivel de servicio equivale a triplicar o cuadruplicar los recursos disponibles. Esto puede hacer cambiar el panorama de una manera absoluta.

Pero una mayor eficiencia energética crea un efecto rebote, al final consumimos más...

No venimos al mundo equipados para ser eficientes, ahorradores y solidarios. Nada de eso. Somos un primate que viene a depredar todo y a instalarse bien. Hay que reconocerlo, aunque la cultura rouseauniana ha instalado la idea de que fuimos creados buenos, afables, solidarios y prudentes, y es la sociedad quien nos corrompe. No, no es cierto. Somos un primate arrollador. Por tanto, el primer escollo que superar es nuestra propia condición, y en esto consiste la esencia de la cultura, supeditarse a valores y formar a las personas.

Y en el caso de los edificios tenemos el mismo problema.

Los edificios podrían tener una demanda de energía o de agua de menos de la mitad de la actual. Habría que proyectarlos para lograrlo, claro. Deberíamos preguntarnos en cada caso qué material escogemos, ya sea hierro, titanio o vidrio, y valorar de dónde viene y el coste ambiental asociado a estos. Por desgracia, eso ahora no pasa. Los únicos criterios que, en general, observa el proyectista responden a su interés o a una opción estética. Y al coste.

¿Cómo debería ser la edificación?

Por ejemplo, en un edificio de oficinas de la plaza Europa de l'Hospitalet se ha optimizado el comportamiento pasivo y se ha utilizado acero reciclado con plenas garantías. Las diversas medidas adoptadas permiten un ahorro de 125.000 euros anuales en gastos de servicios, gracias a la reducción de costes de electricidad, gas y agua potable, y de mantenimiento.

Y ¿cuánto más cuesta?

No hay sobrecoste. Es un incremento que luego se convierte en un decremento del coste de explotación. No va más allá del 2% o 4%. En cambio, los caprichos ornamentales pueden suponer sobrecostes del 10% y más. Contando construcción y explotación, los edificios sostenibilistas son más baratos por definición.

 

Fuente: LA VANGUARDIA.com

 
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