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La medida tomada este jueves por el Consistorio de Madrid de reducir el máximo de velocidad en las vías de acceso a la capital intentará reducir los niveles recomendados de dióxido de nitrógeno acumulados. La iniciativa disminuirá la contaminación, ya que los coches son responsables de una cuarta parte de los gases de efecto invernadero; consumen el 15% de la energía en España, y emiten el 66% del óxido de nitrógeno (NOx), que es el contaminante del aire más dañino para nuestra salud y que se ha hecho famoso por el caso Volkswagen. No es CO2 todo lo que destroza.

 

¿De qué cantidad estamos hablando?

Según el último inventario de emisiones contaminantes publicado por el Ministerio de Agricultura, Alimentación y Medio Ambiente, el transporte produce cada año 317.720 toneladas de NOx. Ahora se hará las preguntas: ¿Cuánto han aumentado las emisiones de este compuesto por la manipulación del software en los motores diésel? ¿Cuál es su impacto en la salud pública y el medioambiente? ¿Qué otras sustancias, partículas y gases produce el tráfico rodado? Antes de abordar estas cuestiones, le sugerimos que adopte una actitud proactiva. Sí, podemos cambiar la situación. Y con acciones sencillas. Coja el metro para ir al trabajo. Ahorrará los 2,6 kilos de CO2 que expulsa por cada 20 kilómetros que recorra al volante con un gasoil. Haga ejercicio, salga a correr... Según una investigación con participación española publicada en la revista Environmental Health Perspectives, la actividad física puede contrarrestar el impacto de la polución, que se considera un factor de riesgo de enfermedades, por delante del colesterol y el sedentarismo, según la Organización Mundial de la Salud (OMS). O use la bici. Es más barato y nuestros (sus) pulmones se lo agradecerán. Pero repasemos cuáles son los gases más contaminantes que se derivan de la conducción.

 

Óxido de nitrógeno (NOx), el peor enemigo

Se le considera el compuesto más dañino, porque genera lo que se conoce en el argot científico como 'smog fotoquímico', que es la formación de componentes derivados que van a contaminar el aire que respiramos. Carlos Rivero, experto en protocolos de sostenibilidad y gestión de emisiones contaminantes de la Coordinadora Estatal de Ciencias Ambientales (CECCAA), explica su impacto en la salud: "Al crease el llamado Ozono troposférico, el óxido de nitrógeno puede generar problemas de tipo respiratorio y ocular en la población, tener incidencia en el desarrollo pulmonar y generar patologías crónicas cardiorespiratorias". ¿Y en el medioambiente? "El efecto es la lluvia ácida, que repercute en la vegetación, por la abrasión de las zonas verdes, un crecimiento más débil y porque favorece la aparición de parásitos sobre láminas de agua que afectan al ciclo reproductivo de las especies".

La ambientóloga Elena Santamaría habla de otro efecto de la lluvia ácida: "Es el mal de piedra, que altera el estado de monumentos y construcciones por esa reacción química de la lluvia modificando el ecosistema". Se degradan las edificaciones, sobre todo las de tipo caliza, mármol y de piedra arenisca. Lo que convierte al óxido de nitrógeno en el contaminante más tóxico es su capacidad para interactuar con otros gases y elementos nocivos, y para aumentar las partículas en suspensión. "Las altas concentraciones en el aire afectan tanto a las personas con problemas respiratorios como a la población en general, en todos los grupos de edad. El NOx se relaciona también con el riesgo de padecer obesidad, diabetes y problemas neurológicos", subraya David Rojas-Rueda, investigador del Centro de Investigación en Epidemiología Ambiental (CREAL), que está aliado con el ISGlobal de Barcelona.

¿Cuál es el límite de emisiones de NOx? La normativa Euro 6 establece el tope de 80 miligramos por kilómetro recorrido, pero el Ministerio de Industria ha propuesto aumentar el techo a 184 mg/km. "Es inaceptable que se quiera aprobar este límite más permisivo, teniendo en cuenta que hay alternativas menos contaminantes, como los vehículos eléctricos, el transporte colectivo o la bici", remarca Elena Veza, técnico de los servicios ambientales en el Área Metropolitana de Barcelona. ¿Es suficiente la restricción actual? "Creo que la evolución de la legislación ha sido correcta, pero quizás una estrategia global que afectara a los diversos planes de movilidad y usos de los vehículos podría reducir de forma más significativa la presencia de estos contaminantes. Para ello, es vital el monitoreo de las concentraciones de gases contaminantes", opina Carlos Rivero.

 

CO2, una bomba para el medioambiente

Sus efectos son devastadores porque contribuye a elevar la temperatura media de la Tierra, que es de 15 grados. "Tiene una incidencia significativa en el cambio climático al ser el gas que, a pesar de no tener el impacto más potente en el calentamiento global de los generados en los procesos de combustión, sí produce los efectos en mayor cantidad", sostiene Rivero. La contaminación por CO2 también tiene consecuencias para la salud, porque las temperaturas altas provocan un aumento de los niveles de ozono y de contaminantes del aire que agravan las patologías respiratorias. Y problemas graves, como la malaria o el dengue, son sensibles al clima y a sus cambios.

 

Monóxido de carbono, peligroso cuando se alía con otros gases

Este compuesto se genera por una mala combustión de gasolina, gasoil, keroseno o carbón. En concentraciones altas, tiene la capacidad de sustituir al oxígeno en la hemoglobina de la sangre, por lo que puede ser letal. "En circunstancias normales, el peligro está en su capacidad de aceleración de reacciones de oxidación (óxido nítrico y dióxido de nitrógeno) en suelos poco oxigenados, oxidándose en la atmósfera y pasando a CO2", explica Rivero.

 

Partículas en suspensión, munición para los contaminantes

Son de hollín y se forman por núcleos de carbono, hidrocarburos, óxidos de azufre (SO4) y agua. Afectan a nuestras vías respiratorias. "Los motores diésel emiten más óxido de nitrógeno (NOx) y micropartículas; por ello, consideramos que tienen efectos más nocivos para la salud", sostiene David Rojas-Rueda. Es la consideración general, pero la evolución tecnológica pone excepciones. Lo apunta Rivero: "Los motores diésel han evolucionado en los últimos años hacia una realidad más eficiente. En cambio, los de gasolina de inyección directa y baja cilindrada han reducido los niveles de CO2, pero han aumentado los de hidrocarburos y dióxido de nitrógeno".

 

Hidrocarburos, los mejores gases para el efecto invernadero

Estos compuestos orgánicos, formados por carbono e hidrógeno y generados durante la combustión, tienen efectos claros sobre nuestra salud. "Irritaciones mucosas, dificultades para respirar y enfermedades crónicas relacionadas con el aparato respiratorio", resume Elena Veza. Pero la peor parte se la lleva nuestro entorno. Sus concentraciones elevadas en la atmósfera contribuyen a la formación del famoso smog fotoquímico. Produce gas metano (CH4), que tiene un efecto directo sobre el calentamiento global, ya que contribuye al efecto invernadero incluso 20 veces más que el CO2.

 

El plomo, contra sistema nervioso, hígado y riñón

Este metal se usa para mejorar el octanaje del combustible. Pero cuando nos exponemos a altas concentraciones puede afectarnos al sistema nervioso, el hígado y el riñón. También puede dañar la calidad de los cultivos y tiene un impacto negativo sobre los ecosistemas acuáticos. Según expone Rivero, esto se debe a la extraordinaria capacidad de retención de este metal pesado por parte de peces y crustáceos.

 

Nitrógeno molecular, el más abundante

El N2 es el gas que producen en mayor cantidad tanto los motores diésel como los de gasolina. Pero su concentración tiene que ser más elevada que la habitual para que afecte a la salud –puede causar problemas hormonales o una posible relación con procesos de cáncer.

A la lista de emisiones, podríamos añadir el dióxido de azufre (SO2), que tiene un efecto directo sobre la lluvia ácida, aunque solo el 2% lo producen los motores de los coches; los compuestos orgánicos volátiles (COV), que son hidrocarburos gaseosos; y otros metales procedentes de los catalizadores de los motores. Las altas concentraciones de estos gases pueden dañar piel o afectar a las vías respiratorias.

 

Fuente: modificado de El País

 

 
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