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«La Edad de Piedra no se terminó porque se acabasen las piedras». Aplicada como metáfora al sistema energético actual, la frase -que es de quien fuese el primer director de la Agencia Europea de Medio Ambiente, Domingo Jiménez Beltrán- resume a la perfección el trasfondo de las negociaciones que esta semana llegan a su fin en la Cumbre del Clima de París, COP21. Un acuerdo ambicioso, jurídicamente vinculante y sometido a sistemas de transparencia y verificación internacional supondría ni más ni menos que un cambio de paradigma en nuestra forma de producir energía y de aplicarla al transporte y a todos los aspectos de nuestra vida cotidiana.

El pasado sábado, las delegaciones de los 196 países presentes en la reunión auspiciada por Naciones Unidas en la capital francesa dieron un paso firme hacia adelante aceptando por unanimidad las 43 páginas en las que se ha quedado, tras los tiras y aflojas de los negociadores, el borrador del acuerdo que hay ahora mismo sobre la mesa, y que tenía 100 a principios de año. Pero las decisiones más duras están aún por tomar. Todavía falta un largo camino por recorrer durante la semana que comienza hoy en la sede de Le Bourget, donde se celebra la cumbre, y que será clave para el futuro económico y social de todos y cada uno de los países que firmen el posible acuerdo, pero también para el del planeta como conjunto.

Para ello, los negociadores dejan paso durante los próximos días a los ministros correspondientes -en ocasiones de Exteriores, Medio Ambiente, Energía...- para pulir los flecos pendientes, que son muchos y complicados. En este tipo de textos que deben ser aprobados por las delegaciones de casi 200 países los corchetes son fundamentales. En ellos se contemplan las distintas opciones de redacción del texto que unos y otros querrían y que deben ser discutidas y aceptadas una a una por todos los países. Un trabajo titánico si se tiene en cuenta que en el borrador actual aún quedan más de 900 corchetes sobre los que negociar, lo que deja abierta la puerta a cientos de posibles acuerdos.

Algunos países desarrollados -entre los que se cuenta la Unión Europea, y por tanto España- apuestan por acabar con el uso de combustibles fósiles para la generación de electricidad en el año 2050. En cambio, otro grupo de países liderados por China prefieren dejarlo en una tibia promesa de cambiar paulatinamente hacia una economía baja en carbono a lo largo de este siglo.

La financiación a largo plazo, como siempre, es otro de los grandes escollos aún por resolver. El problema está más allá del fondo de 100.000 millones de dólares anuales para políticas de Cambio Climático destinado a los países en desarrollo ya contemplado para el año 2020. «De momento, se han aportado ya 62.000 millones de dólares», según el secretario de Estado de Medio Ambiente español, Pablo Saavedra. «Y 14.500 de ellos los ha puesto la Unión Europea», matiza Valvanera Ulargui, directora de la Oficina Española de Cambio Climático. Para los responsables españoles, en esta cumbre se ha dado ya un paso fundamental, y es que se ha roto con la dicotomía de países en desarrollo y desarrollados. «Ahora todos tenemos que reducir las emisiones. Hay caminos diferenciados según las posibilidades de cada país, pero un único objetivo común», afirmó Saavedra recientemente en un encuentro con periodistas.

Otra de las grandes dificultades reside precisamente en la forma que tendrá la comunidad internacional de verificar que los compromisos de cada país se cumplen. La UE, por ejemplo, reclama transparencia y rendición de cuentas y pide que se permita a Naciones Unidas acceder a los datos nacionales de emisiones, algo a lo que China, por ejemplo, se opone. Sin embargo, la creación del marco legal que regule estos aspectos clave de la financiación o de los sistemas de verificación está aún entre los corchetes que los ministros tendrán que despejar antes del viernes si de verdad se quiere que de París salgan las líneas maestras de una senda que permita limitar el aumento de la temperatura global a 2ºC antes de final de siglo. Varios negociadores y observadores han asegurado estos días que la posibilidad de que se alcance un acuerdo ambicioso en París «ahora pinta bastante bien». Pero hay que tener claro que incluso en el supuesto de un acuerdo exitoso, el texto no contendrá medidas específicas u objetivos concretos impuestos para los distintos países. Eso es algo que tendrá que ser resuelto a nivel nacional por cada país. Y lo mismo sucederá con la vinculación jurídica que cada país le dé al acuerdo. La UE, por ejemplo, exige que el texto sea jurídicamente vinculante, mientras que EEUU no puede aceptarlo debido al funcionamiento interno de sus cámaras.

En París, una proyección de luz sobre la Torre Eiffel permite leer en gigantescas letras: 100% possible. La COP21 encara hoy una semana clave, para el éxito de la propia reunión climática, pero también para el futuro del planeta que compartimos 7.000 millones de personas. Ante la incertidumbre que aún rodea al resultado de las negociaciones, esa proyección quizá porte un doble mensaje: tanto el acuerdo global, como un futuro sin combustibles fósiles son 100% posibles.

 

Fuente: El Mundo.

 

 
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