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fte. Infoecologia. Es una paradoja que un hospital, que tiene que velar por la salud de los ciudadanos, realice actividades que repercutan de forma negativa en el entorno de la misma gente a la que tiene que cuidar. Con esta premisa se puso en marcha en 1997 el servicio de gestión ambiental del Hospital Clínico de Madrid, que ya ha conseguido varios reconocimientos. El último este verano: el reglamento EMAS.


¿Cómo lo han logrado? El servicio de gestión ambiental está compuesto por una química, una geóloga, una licenciada en ciencias ambientales, una secretaria y tres celadores. Los coordina Manuel Carmona, que hace siete años se dio cuenta de que en el hospital se hacía todo en términos de seguridad, y que la ambiental era necesaria para garantizar la calidad de los servicios.

El hospital Clínico San Carlos de Madrid tiene 5.300 trabajadores para una población de 534.000 personas. Son los posibles pacientes de Carabanchel, Latina, Centro y Chamberí, que tienen este centro sanitario como referencia. En estos dos últimos barrios la media de edad de los habitantes es muy alta, por lo que los ingresos de estos vecinos suelen ser prolongados: no se tarda lo mismo en estabilizar a un anciano que a una persona más joven. La Memoria de 2002 también recoge otros datos, como que las urgencias de este centro atienden una media de 500 personas al día.



Tanta actividad se traduce irremediablemente en basura: en un mes se recogen 1.300 contenedores de residuos biosanitarios; tiempo en el que la cocina del centro ha gastado mil litros de aceite.



Pero estos no son los únicos residuos que generan los hospitales. El problema es que no existe una legislación, ni europea ni nacional, que regule su tratamiento. Con la irrupción del SIDA en los años ’80 se llegó a pensar que todos los residuos sanitarios eran peligrosos. No es cierto, no todos requieren un tratamiento especial.


Tres tipos de residuos
Puede servir de referencia el decreto sobre residuos sanitarios que existe en la Comunidad de Madrid, y que identifica siete tipos distintos, y por lo tanto siete formas de tratamiento.



El primer tipo de residuo es el urbano, el doméstico: desde los restos de un ramo de flores que se le lleva al enfermo hasta un bocadillo. El segundo es el que se genera en el ambiente hospitalario pero no tiene carga microbiológica, como puede ser una jeringuilla sin punzante. Se tratan como basura doméstica convencional.



El tercer tipo de residuos es el llamado biosanitario especial. Tiene carga microbiológica y se trata aparte. Las clases 4 y 5 tiene legislación propia. Los primeros son los cadáveres y los restos humanos identificables. Por supuesto, en este apartado tiene mucho peso la ética y la cultura. En el 5 se incluyen los residuos químico-tóxicos con los que trabajan los laboratorios de los hospitales.



Como clase 6 se identifican los más peligrosos: los cito tóxicos. Es, por ejemplo, lo que queda de los tratamientos que se aplican a los enfermos de cáncer. Tienen que ser quemados a 1.200º, bajo una estricta supervisión. En España no hay, de momento, ningún horno equipado para cremarlos, por lo que se tienen que llevar a Bayona (Francia). El tipo siete es el residuo radioactivo de baja intensidad, el que deriva de la medicina nuclear.



Más el papel, los tubos fluorescente de la luz, los toner, las pilas, los equipos eléctricos... En 2002 un gigante como el Clínico consumió 450.000 metros cúbicos de agua, 1.400.000 de gas y 22.000.000 de kilowatios de energía eléctrica.


Reducir los residuos a la mitad
Este panorama no desanima al servicio de gestión ambiental del Clínico, que tiene como reto conseguir la minimización de todos los residuos y un consumo más razonable de agua, luz y gas. Con el plan de recuperación de materiales que funciona desde hace unos años, en 2003 se recogieron más de 600.000 kilos y se ha conseguido que desde 1997 los residuos biosanitarios se hayan reducido a la mitad, de 225.000 a 112.000 kilos.



Con el apoyo del equipo de medicina preventiva, que se ocupa de la parte científica de la gestión del medio ambiente, y de los distintos directores del centro se puso en marcha el proyecto. El servicio de gestión ambiental del Clínico depende directamente de la dirección del Hospital, porque es un tema que afecta transversalmente a todo el centro sanitario.



En la gestión ambiental del Hospital destaca el papel del aula de educación ambiental, en el que se habla a los trabajadores del medio ambiente y se les pide su colaboración. Sin su apoyo sería imposible que se mantuviese el buen nivel de recogida de elementos y separación de residuos.



Y por supuesto, las certificaciones que ha conseguido el hospital: en 1998 la norma internacional ISO 14.001, y este verano el reglamento EMAS. Esto obliga al centro a una constante revisión y mantenimiento de su política ambiental. Los auditores ambientales no perdonan.



Tanto trabajo también tiene su reconocimiento: además del respaldo social están los premios. El último, de momento, el Garrigues-Expansión a la mejor iniciativa institucional de medio ambiente 2003.

Autora: Amaya Asiaín / Infoecologia