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Con el corazón del invierno en ciernes, las temperaturas bajan, los cuellos de los jerséis suben, y las cumbres de la orografía patria comienzan a llenarse de capas de fina nieve recién caída. Y también a llenarse de manadas de urbanitas dispuestos a practicar el esquí o snowboard en algunas de las estaciones de invierno... o en medio del páramo castellano. Concretamente, en Villavieja del Cerro, una pedanía de menos de 100 habitantes de Valladolid.

Al igual que sucede con el golf, el esquí ha dejado de ser una diversión reservada para élites económicas. En la actualidad, y gracias a la popularización de los precios, quien más quien menos se apaña una semana blanca o un domingo para ir a la nieve, aunque sea en la pista cubierta del Xanadú de Madrid.

Pero claro, como la gallina de los huevos de oro debe ser una fábula que el ser humano no termina de metabolizar del todo, aquí decidimos rizar el rizo de la incoherencia: no nos valía con esquiar en montañas nevadas, no, quisimos hacerlo en medio de la meseta castellana. Concretamente, en Villavieja del Cerro, una pedanía de menos de 100 habitantes en la provincia de Valladolid. Parecería un más difícil todavía digno de los mejores circos de tres pistas, si no fuese porque, a favor de todo pronóstico, la cosa salió mal.

 

Esquí sin nieve

El sinsentido comenzó, como casi todos los de este tipo, a mediados de la década pasada, cuando el calor de la burbuja económica alumbraba todos los parajes, incluso los más fríos de la meseta vallisoletana. De hecho, "Meseta Ski" es el nombre que iba a tener el fastuoso complejo de esquí en seco que se instalaría en el cerro que da nombre a Villavieja.

En julio de 2006 se concedió la licencia de obras y, en octubre de ese mismo año, comenzó la construcción de un proyecto que incluiría una cafetería-restaurante, una tienda de venta y alquiler de material deportivo, una escuela y hasta una pista de hielo. Todo ello al abrigo de unos 9.000 m2 de pista de snowflex, material que permite la práctica del esquí sin necesidad de nieve.

Foto: Jacinta Lluch Valero (CC)

Foto: Jacinta Lluch Valero

Las intenciones eran tan nobles como insensatos los pronósticos de ocupación. La Diputación de Valladolid preveía la llegada de unos 40.000 visitantes solo en la primera temporada, que llegarían hasta más de 50.000 en los años siguientes, a medida que la estación fuese ganando fama. Este supuesto flujo de visitantes serviría para revitalizar la esquelética economía de una región rural en decadencia casi irreversible. Es normal comprender que los pocos habitantes de Villavieja del Cerro suspirasen de ilusión.

Las obras comenzaron a buen ritmo y, aunque el presupuesto inicial de 4,7 millones de euros se disparó hasta los 12 millones, todos ellos financiados con dinero público, en poco menos de un año ya se había construido gran parte del complejo. Más de 300 metros lineales de pista, con zona de iniciación, pista avanzada, zona de saltos y hasta un half-pipe; además de remontes, telesquí, y el edificio de hormigón que debía albergar el restaurante y las oficinas.

 

Vulneración de la ley

Sin embargo, en septiembre de 2007 se dictaminó la paralización cautelar de los trabajos. El problema esencial es que la infraestructura vulneraba la Ley de Montes al ocupar zonas protegidas. Tras una larga batalla judicial entre asociaciones ecologistas e instituciones provinciales y autonómicas, más de una pirueta legal y un curioso goteo de informaciones contradictorias entre anuncios de reapertura y ratificaciones definitivas de paralización, el Tribunal Constitucional tumbó definitivamente el proyecto "Meseta Ski".

Lo tumbó metafórica y físicamente, porque ordenó el desmantelamiento de los 140 metros de instalaciones que invadían el área protegida. Dichos trabajos de derribo de la base y retirada del snowflex terminaron en febrero del año pasado, dejando al cerro de Villavieja en un estado aún más desolador.

Porque creo necesario señalar el despilfarro económico, la irracionalidad conceptual y las agresiones ecológicas y legales, pero aquí hemos venido a contemplar el resultado arquitectónico. Y tal resultado es una locura propulsada por litros de estupidez de alto octanaje. No tanto por la instalación aislada, sino por la relación con el pueblo.

Recuerden que Villavieja tiene menos de 100 habitantes -89 según el censo de 2013-; pues desde cualquier calle, callejuela, cuesta y plaza se ve el artefacto. Desde todos. Pasear por el escueto trazado urbano es un espectáculo a medio camino entre la literatura fantástica y el esperpento de Valle-Inclán; porque en cuanto se levanta la vista por encima de las tapias de mampostería y las casitas con cubierta de teja, aparece esa lengua blanca inclinada y amenazante.

Foto: Jacinta Lluch Valero (CC)

Foto: Google

Con la recuperación económica parece que el proyecto se ha retomado. Eso sí, diversificando las actividades, cambiando el nombre por "Meseta Sport" y ocupando solo los terrenos, digamos, legales. Habrá que ver si el complejo consigue dar vida a un pueblo maltrecho en cuyas calles no hay ni un bar ni una tienda, o si los pocos residentes que quedan seguirán pasando sus días a la sombra de una ondulación artificial, vacía y absurda.

 

Fuente: El terror urbanístico de la burbuja (IV): esquí en el páramo castellano, de El Economista. También te puede interesar otro artículo de esta serie, esta vez sobre campos de golf.

 

 
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