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Un tercio de la producción global de alimentos termina en el cubo de basura. El año pasado fueron 1.300 millones de toneladas, un 45% de frutas, 35% de pescado y 20% de carne para los que se necesitaron 1.400 millones de hectáreas de cultivo, una extensión del tamaño de casi 30 veces España, según datos de la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura. Teniendo en cuenta que la agricultura y la ganadería generan más del 20% de las emisiones de CO2 del planeta (por encima de la industria y del transporte), cabe imaginarse las dimensiones de la huella de carbono del desperdicio alimentario.

"La producción, la distribución y el consumo de alimentos son una herramienta clave frente a la emergencia climática, apuntó la ministra de Transición Ecológica en funciones, Teresa Ribera, en la clausura de las jornadas Cambio Climático y biodiversidad. Hacia una revolución del sistema alimentario durante la Cumbre del Clima de la ONU en Madrid (COP25).

Pese a que España se comprometió a reducir el desperdicio alimentario a la mitad para 2030, no parece estar haciendo los deberes. Los hogares españoles tiraron a la basura 1.339 millones de kilos/litros de comida y bebida en 2018, es un 8,9% más que el año anterior, según datos del Ministerio de Agricultura, Pesca y Alimentación. Lo más grave es que el 84% del total desperdiciado "fueron productos sin utilizar". Entre los que más se desperdician se encontraron las frutas y hortalizas y las verduras, con un 46% del volumen de productos sin utilizar, seguido de los derivados lácteos (13%).

"No es posible arreglar el cambio climático si no arreglamos el sistema alimentario", apuntó ayer Jesús Pagán, fundador de la empresa alimentaria Foodtopia. Si la causa del desperdicio está en productores o consumidores es plantearse la pregunta del huevo y la gallina. Por ello, las soluciones deben ir orientadas en ambas direcciones: productor y consumidor.

"Si el campo produce de forma intensiva -y por tanto genera más emisiones- es porque en el ámbito urbano se consume de todo y de forma exagerada", considera José Luis Gabriel Pérez, miembro del Instituto Nacional de Investigación y Tecnología Agraria y Alimentaria.

El consejero de Desarrollo Rural, Ganadería, Pesca, Alimentación y Medio Ambiente, Guillermo Blanco, apostó ayer por una estrategia que pase de "manera indispensable" por la colaboración permanente entre todos los agentes de la cadena alimentaria y las administraciones públicas con el fin de desarrollar actuaciones comunes que "logren un cambio real en las actitudes, en los procedimientos de trabajo y en los sistemas de gestión de todos los agentes de la cadena".

Cuando se habla de transición ecológica del sector agrícola y ganadero, hay que tener en cuenta qué se cultiva, y cómo.

Cuando una persona va al supermercado, se encuentra con que el arroz, el trigo y el maíz; y la vaca, el cerdo y el pollo; suponen más del 50% de lo que se consume en cereales y carne, respectivamente, "cuando la variedad que ha ido alimentando a la humanidad a lo largo de la historia ha sido de miles de especies que han ido desapareciendo por la falta de biodiversidad", explicó Marta Rivera, directora de la Cátedra de Agroecología y Sistemas Alimentarios de la Universidad de Vic, que considera que "los consumidores tienen un papel muy importante, pero es el ambiente de consumo lo que los termina condicionando".

Desde el punto de vista de cómo se cultiva, Ribera instó a una transformación del modelo alimentario que impulse una producción "menos traumática y más llevadera" que no ahogue al medio rural.

"El modelo productivo importa, y mucho", aseguran desde la Unión de Pequeños Agricultores y Ganaderos (UPA), que destacaron los sistemas basados en pequeñas y medianas explotaciones, con personas que vivan en los territorios rurales, por encima de aquellos agroindustriales.

Otra de las posibles soluciones está en la economía circular. Es el caso de Cerealto Siro Foods, una compañía alimentaria que desde 2018 ha reducido los residuos de sus fábricas a cero.

"Todo se emplea, o para alimentación humana o animal, o lo convertimos en gas o fertilizantes para procesos industriales y para que los agricultores con los que trabajamos puedan fertilizar sus campos", explica Juan Manuel González, presidente del grupo alimentario.

 

Fuente: Expansión

 

 
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