En la noche del 5 al 6 de diciembre de 1971, los vecinos del barrio barcelonés de Can Clos vieron como un alud de desechos impactaba sobre sus viviendas después de que fuertes tormentas hundieran las montañas de basura que había más arriba, en el vertedero ubicado en Montjüic. Tras el alud, los vecinos se movilizaron e impidieron la entrada de los camiones, que llevaban las más de 2.000 toneladas de basura que escupía la ciudad a diario. La de Can Clos era una realidad que vivían muchos otros barrios periféricos de las grandes urbes europeas: ser el basurero de la parte rica de la ciudad.

Desde finales del siglo XIX, la política de residuos consistía en gestionar las sustancias que interferían en el funcionamiento de la ciudad y que planteaban un problema, sobre todo para la gente más rica. Durante más de un siglo esta estrategia consistió en llevar estos residuos donde vivía poca gente o gente muy pobre, con una mínima capacidad de influencia”, apunta la directora del Centre de Recursos en Ecología Social de la Universitat de Barcelona y co-autora del libro Què hi ha darrere la crisi ambiental? Aportacions des de l’ecologia social, Maria Àngels Alió Torres.

La gestión de residuos nunca fue un terreno políticamente neutro. “La política amparaba que los vertederos, que era la manera más barata de gestionar los residuos, estuvieran en lugares que sociológicamente no se consideraban importantes”, asegura la experta. “En París, por ejemplo, todos los residuos producidos en la ciudad se trataron siempre en las afueras, porque la capital siempre ha llevado a los suburbios las cosas que no quería dentro de sus límites”, agrega Sabine Barles, profesora de planificación urbana de la Universidad de París 1 Pantheon-Sorbonne.

A lo largo de la historia, la basura ha servido como un retrato descarnado de las sociedades que la producían. “La forma de vida ha caracterizado a sus residuos”, dice José Vicente López Álvarez, profesor de Economía Circular y gestión de residuos de la Universidad Politécnica de Madrid (UPM). “La historia de la basura es la historia de la sociedad. Los residuos son un espejo, porque lo que encontramos en ellos es lo que consumimos”, dice Sabine Barles.

La gestión de los desechos no es un desafío contemporáneo. “Apareció cuando la población se hace sedentaria en el Neolítico (en torno al 5000 aC). Los asentamientos crecieron y surgió la necesidad natural de buscar lugares donde tirar los desechos sin que molestaran”, dice José Vicente López Alvarez. Ese problema se manifestó en las grandes ciudades de Mesopotamia y Egipto donde, por ejemplo, se llegaron a establecer basureros a kilómetros de Menfis.

El imperio Romano desarrolló grandes obras de ingeniería sanitaria, como la Cloaca Máxima construida en la capital hacia el 390 aC o bien las letrinas públicas. Pero la gestión de desechos sólidos era menos sutil: en la ciudad eterna se tiene constancia de su acumulación en Monte Testaccio, uno de los vertederos más grandes hallados del mundo antiguo, con 500 millones de metros cúbicos de restos de ánforas. “Esto da idea de la magnitud del problema en la época y de que las ánforas eran el residuo sólido urbano romano más popular”, dice el experto.

En la Edad Media, se encuentran “aldeas pequeñas, básicamente de campesinos, con residuos fundamentalmente orgánicos que eran desechados en el propio campo y, por otro lado, grandes ciudades, muchas de ellas muy pobladas y con escasas o nulas infraestructuras sanitarias, de manera que se generalizan las fosas sépticas o agujeros negros”, dice el profesor de la UPM.

Los vecinos arrojaban la basura y los excrementos desde las ventanas de sus casas a las calles sin pavimentar, donde muchos animales se alimentaban de ellos. “Esto, unido a la presencia de ratas, chinches y pulgas, contribuyó a la propagación de enfermedades muy graves. Esta situación muy frecuente en la Baja Edad Media en Europa, dio paso a una serie de ordenanzas en torno al siglo XIII, contra los malos olores de las basuras que hacían el aire infecto y corrompido”, indica el experto.

No existían servicios públicos organizados, sino que cada unidad familiar debía gestionar su propia basura, con algunas pocas excepciones. Según López Alvarez, “los sistemas feudales, la organización centrípeta de las ciudades y la mera supervivencia de las personas en las mismas, hacía que el saneamiento no fuese prioritario y no lo fuera hasta finales de la Edad Media, cuando empezaron a pavimentarse las calles y a canalizarse las aguas pluviales”.

La Revolución Industrial no solo aumentó la población en las ciudades y la cantidad de residuos, sino que transformó los modos de producción y de consumo y, con ello, la basura. “Hasta esa época todos los residuos eran orgánicos o inertes. A partir de ella, aparecieron los residuos inorgánicos no biodegradables e incluso químicos”, dice el profesor.

En este contexto, nacieron los grandes vertederos sin control sanitario en las proximidades de las ciudades, con zonas contaminadas e infraviviendas a su alrededor. La producción a vapor con base de carbón como combustible, llevó a que en 1874 se construyera en Nottingham el primer incinerador de basura, que producía vapor y energía. En esta época surgieron las primeras tecnologías de tratamiento de residuos urbanos y los sistemas de recogida de basura totalmente organizados, junto a la limpieza sistemática de las calles ”, dice López Alvarez.

El movimiento sanitario británico, liderado a mediados del siglo XIX por Edwin Chadwick, con su eco en España, con los higienistas Monlau y Méndez Álvaro, se encargaría de señalar entre otras cosas los impactos negativos que podía tener la basura en la salud. El urbanista Ildefons Cerdà, diseñador del Eixample barcelonés, se inscribe en esta corriente. Para Sabine Barles, las contribuciones más importantes durante el siglo XIX fueron las de químicos, como el alemán Justus von Liebig, que “ pensaban que el reciclaje de los desechos podía ser bueno para la salud ya la vez útil como materia prima para la agricultura y la industria ”.

Según explica, durante este período existía un metabolismo social circular, es decir, “u na especie de complementariedad y optimización de los materiales, que circulaban entre la ciudad, la agricultura y la industria ”, donde los residuos de la ciudad servían como fertilizantes para la agricultura y como materia prima para industrias, como la del papel o la del azúcar. Esta circularidad se quebraría en el siglo XX, para ser reemplazada de forma creciente por un proceso en que simplemente cogemos recursos del medio ambiente, para luego tirarlos, una y otra vez.

Esto se convertiría en una gran bola de nieve, hasta que “ después de la Segunda Guerra Mundial las ciudades comenzaron a ser más conscientes del problema de los residuos porque las cantidades crecían y eran de nuevas clases”. López Álvarez coincide en que “Tras la Segunda Guerra Mundial y la generalización del uso del petróleo como combustible y elemento de síntesis química orgánica, proliferaron los plásticos, cartones y residuos químicos ”.

El Mayo francés de 1968 trajo consigo al movimiento ecologista . La proliferación de desastres ambientales durante la siguiente década no hizo más que aumentar la presión sobre los organismos internacionales, para tomar cartas en el asunto.

Según López Alvarez, el ingreso de España en la UE “ fue un punto de inflexión para la gestión de residuos en todas sus dimensiones ”, ya que promovió la toma de conciencia del problema que significan para el medio ambiente y la salud humana, optimizando la limpieza en las calles, modernizando las infraestructuras de recogida, implantando controles en la gestión de los vertederos e incineradoras, y consolidando la Economía Circular como nueva forma de producir y consumir.

La década de los 70 fue muy importante porque hay una preocupación medioambiental en aumento. También crece el problema de los residuos y hay una primera ley europea que hace obligatoria la recogida y el tratamiento de los residuos, donde se habla de la importancia de volver a reciclar como en el siglo XIX. Pero la verdad es que la mayoría de los países no pusieron el reciclaje en la agenda ”, dice Barles y aclara que, en cambio, lo que proliferó fueron los rellenos sanitarios, los vertederos y la incineración.

La llegada del siglo XXI, con los aparatos electrónicos de una vida útil cada vez más corta, trajo consigo más residuos contaminantes. Para Maria Àngels Alió Torres, “ Estamos en una situación de no retorno. No podemos pensar que volveremos cien años atrás. Hay un conjunto de sustancias tóxicas que ya están incorporadas al medio ambiente. Debemos encontrar la manera de no emitir tantas ni tan tóxicas. Para ello, haría falta aplicar medidas de minimización en origen, que consiste en no hacer sustancias en los procesos de fabricación ni de consumir productos con sustancias perjudiciales para el medio ambiente y la salud ”

La gestión de la basura en la historia puede ofrecernos pistas sobre cómo deberíamos hacerlo en adelante. Para López Alvarez, la cuestión está en “ Cuáles son los residuos del futuro, cuando se generalicen los vehículos eléctricos, de hidrógeno y los paneles solares eficientes. Con los nuevos productos y nuevos usos, habrán nuevos residuos. En nuestra mano está conservar el planeta a través de un consumo más responsable y de proximidad, con una generación de residuos mínima ”.

 

Fuente: La Vanguardia