Si alguna vez alguien olvidó una bolsa biodegradable en un armario un par de años, se llevará una desagradable sorpresa. La bolsa se desintegra y lo pone todo perdido. Hace algún tiempo los plásticos biodegradables se consideraban una panacea contra la acumulación de residuos, puesto que, en teoría, se podían mezclar con la materia orgánica y compostar con ella. Ahora se está viendo que la solución no es barrer bajo la alfombra o confiar en que los residuos se evaporen o desaparezcan como por arte de magia, sino diseñar sólidas cadenas de economía circular.

Como la del vidrio. Tras muchos años de trabajo y cientos de miles de iglús colocados, la industria del vidrio ha conseguido un modelo cuasi cerrado en el que bastante más de la mitad de la materia prima procede de envases usados, no de materias primas extraídas de la naturaleza. Es verdad que hay otro modelo de economía circular todavía más perfecto, la devolución de envases usados enteros, que se limpian y ponen de nuevo en el mercado sin necesidad de volver a fabricarlos. Este sistema desapareció hacia 1980, pero sería interesante volver a ponerlo en marcha.

Es una tendencia general, la de la economía circular. Incluso Coca Cola avanza hacia la despetrolización y la desmaterialización. Según la compañía, un 30% de los componentes de sus envases de plástico proceden de plantas, y parece ser que quieren elevar el porcentaje. La compañía envasa su famoso producto en cuatro tipos de envases: vidrio retornable, vidrio no retornable, latas de acero y plástico PET. La variante PET PlanBottle contiene un 30% de bioplásticos procedentes de caña de azúcar y melaza. La intención de la compañía, al parecer, es llegar aun 100% de componentes vegetales, pero procedentes de materiales no alimenticios, como tallos de maíz y residuos de madera.

 

Fuente: señalesdeSostenibilidad (boletín informativo de Fundación Vida Sostenible).