Una joven ambientóloga recorre el viejo mundo en busca del saber

newsAl terminar el bachillerato, a los 18 años de edad, Aura Villanueva dijo a sus padres que deseaba salir del país, buscar otros horizontes y enriquecer su vida con conocimientos y experiencias que no tendría si permanecía en su tierra, Quintana Roo. Amplió sus horizontes estudiando Ciencias Ambientales.

Sus padres, un contador público y una licenciada en Administración de Empresas, no se sorprendieron mucho por la decisión de su única hija. Siempre la estimularon a superarse y no ponerse limitaciones. La muchacha se fue casi al fin del mundo, a la helada frontera noreste de Canadá. Ahí eligió un pequeño poblado de apenas 25,000 habitantes asentado en un valle apretujado por altas montañas. Ese lugar se salva del anonimato total gracias a que alberga a una de las universidades canadienses que congregan a jóvenes de varias partes del planeta.

Lejos del país

El lugar se llama Corner Brook, está en una isla que es parte de Terranova y Labrador. Ahí llegó sin familiares ni conocidos, se matriculó para cursar Ciencias Ambientales, carrera que eligió porque está interesada en la protección del planeta y en acciones sociales. Como parte de su formación aprendió montañismo, kayak en ríos y a deslizarse por la nieve usando esquíes o una tabla (snowboarding). Eso va bien con ella pues, dijo, le gustan las actividades al aire libre, los deportes acuáticos, los animales e investigar sobre los efectos del cambio climático.

También estudió arte, teatro, humanidades, filosofía, química, física y política. En Quintana Roo aprendió karate, mientras que en Mérida tomó un curso de chino-mandarín en el Instituto Confucio de la Universidad Autónoma de Yucatán. —Me interesan también asuntos sobre política y gobernanza — expresó la joven, quien este año terminó su maestría en Alemania, nación a donde se trasladó para continuar sus estudios.

Labor social

Aura Villanueva es una de las colaboradoras en la Semana del Voluntariado, que se realiza en Quintana Roo. Vino de vacaciones a la Península casi a despedirse de esta tierra, pues al regresar a Europa planea cursar un doctorado y establecer su residencia en Alemania. En estas actividades de voluntaria se topó con Philip Koinsten, joven germano que recién terminó el bachillerato y vino a conocer México. Ambos fungieron como conductores en la ceremonia de inicio de esa semana.

A sus 28 años, la quintanarroense ya tiene un bagaje de experiencias poco común en los jóvenes. Después de graduarse en Ciencias Ambientales se trasladó a Alemania para cursar una maestría durante dos años y medio. Su novio, un canadiense de ascendencia asiática, se mudó también a ese país, donde trabaja como profesor de inglés y en un restaurante. —Mi novio ya conoce Mérida, le gustaron los salbutes y el refresco de chaya con piña —manifestó.

Unas veces acompañada de amigos y en otras del novio, Aura recorrió varios puntos del territorio alemán y después se lanzó a conocer Francia, Bélgica, Suiza, Dinamarca, Croacia, Turquía, Inglaterra y Holanda. —Desde pequeña quería salir del país —relató—. Deseaba estar en otro lugar para tener nuevas experiencias y conocimientos, encontrarme y renovarme. —Nunca consideré los estudios universitarios como un medio para obtener un título que facilite hallar empleo. Para mí fue una etapa para explorar, perder temores, alcanzar mayor autoconocimiento, correr riesgos y exponerse a errores para aprender más.

La entrevistada dijo que entre las cosas que diferencian a canadienses y alemanes está que los primeros son cálidos y amistosos, como los latinos, aunque no se saludan de beso, como aquí. Los germanos son en apariencia más fríos pero en realidad tienen un concepto más elevado de la amistad—.

 

Fuente: Diario de Yucatán