Francisco Sánchez-Bayo vive desde hace años al otro lado del planeta y le preocupan las pequeñas criaturas que sucumben a la mala gestión del hombre sobre la Tierra. La salud de las abejas y de otros insectos a causa de los insecticidas sistémicos (los absorbidos por las plantas) es objeto de las investigaciones de este salmantino que, tras estudiar Ciencias Ambientales en la Universidad Autónoma de Madrid, ejerció la docencia en Japón hasta que decidió establecerse como investigador en el Centro de Ecotoxicología de la Universidad de Sídney.

 

Conoce países muy distintos, ¿la forma de tratar el territorio es muy diferente?

¡Qué quiere que le diga! Llevo muchos años fuera de España. Los japoneses son muy prácticos y aplican de inmediato cualquier novedad que pueda suponer una mejora en la producción de alimentos o de cualquier otra cosa. Si producen un insecticida nuevo, como fue el caso del Imidacloprid, que es menos tóxico para los peces, las personas y las aves, pues lo utilizan todos a una, de la noche a la mañana, en los arrozales y demás cultivos. Su industria química está muy desarrollada y tiene mucho peso económico. La Administración es igualmente práctica y se toma muy en serio cualquier problema o daño al medio ambiente o a la salud, pero entre la rectitud administrativa y el poderío económico, ya se sabe quien va a ganar la partida...

 

¿Y en Australia?

En Australia la política económica es la fuerza dominante en la gestión de la tierra, la agricultura y el medio ambiente; incluso la salud queda relegada tras el dinero. Como hay mucho campo (es un país muy grande y solo se cultiva el 17 % de la superficie), los efectos negativos que pueden tener algunos pesticidas apenas se notan. Pero en el caso de las abejas, Australia es privilegiada porque todavía no ha llegado el ácaro varroa y la prevalencia de enfermedades en las colmenas es mucho menor que en Europa o en América. Y lo más importante, la mayoría de los apicultores disponen sus colmenas entre los bosques de eucaliptos, que no suelen estar tratados con ningún tipo de pesticidas. Son estos bosques los que producen mieles muy apreciadas, como la de manuka.

 

¿Cómo hacen entonces para controlar el goniptero, que en los eucaliptales gallegos supone una gran amenaza?

En Australia no hay problema con él porque, al ser nativo de esta tierra, tiene enemigos naturales y nunca se convierte en plaga amenazadora como donde se han introducido los eucaliptos para hacer papel, como en España, Portugal, Francia, Sudáfrica y América. En mi opinión, la fumigación con piretroides (muy tóxicos no obstante para los peces) es más eficaz pues actúan inmediatamente matando a los adultos por contacto directo e impidiendo sus puestas. Los insecticidas sistémicos tienen un efecto más lento. Como siempre, hay que llegar a una decisión práctica y equilibrada al tiempo que se evita un daño mayor. Si la lucha biológica diera buenos resultados, sería la ideal.

 

¿Hay un efecto de bioacumulación de los neonicotinoides sobre las abejas?

Prefiero llamarlo efectos acumulativos. No se acumulan en el organismo como hacía el DDT porque los insectos y otros animales los transforman rápidamente, en cuestión de horas, aunque al metabolizarlos los transforman en otros productos casi tan tóxicos. Sus efectos son irreversibles: las neuronas afectadas mueren por sobreexcitación, aunque el insecto siga vivo aún unos días más. Al consumir un día tras otro los residuos del Tiametoxam o Imidacloprid en el néctar y polen de plantas tratadas, el número de neuronas muertas aumenta hasta que se llega a un punto crítico y la abeja muere. En el caso de las abejas, la muerte por ingestión de residuos no suele producirse hasta pasados 10 o 15 días. Sabemos que pierden el apetito pero no conocemos el mecanismo que conduce a este efecto sintomático.

 

En sus estudios habla de que también afecta a hormigas, termitas y otros insectos

Sí, los insecticidas ordinarios solo matan a las obreras y mucho más rápido que los sistémicos pero, precisamente por eso, los residuos no llegan a la reina y la comunidad sigue produciendo larvas y desarrollándose aunque con menos vigor. El problema con los sistémicos es la toxicidad crónica y la manera de evitar impactos en abejas y otros polinizadores es prohibir el uso de semillas tratadas. Esta práctica tan generalizada hace las plantas venenosas para todos los insectos, algo así como si se convirtieran en setas venenosas. Y también envenenan el suelo y las aguas de escorrentía.

Francisco Sánchez-Bayo es Licenciado en Ciencias Ambientales e investigador en Australia sobre agricultura y pesticidas.

 

Fuente: La voz de Galicia.