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La investigación comenzó hace más de una década, pero el germen está en 1989. Esa es la fecha en la que Antonio Heredia, de la Universidad de Málaga, se topó con la cutícula vegetal. Este es el ingrediente principal del trabajo de un trío de investigadores que propone aprovechar la piel de muchos frutos para el envasado biodegradable. Esta cutícula vegetal tiene una función importante y es preservar la planta de su entorno.

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Antonio Heredia es investigador de la Universidad de Málaga y miembro del departamento de Biotecnología y Mejora Vegetal del Instituto de Hortifruticultura Subtropical y Mediterránea, que junto con Jesús Benítez del Instituto de Ciencias Materiales de Sevilla, José Alejandro Heredia-Guerrero, doctorando de ambos, publicaron el primer artículo en el que exponían una metodología para obtener cutina sintética: "Nuestra cutina de laboratorio es semejantes a la de cualquier fruto, se aproxima un 90%". Posteriormente, su vida profesional le ha llevado hasta Génova y hasta el Instituto Italiano de Tecnología.

La creación de esta patente les permitió reproducir casi con exactitud un biopoliéster con propiedades interesantes. Entre sus características, es poco permeable al agua, muy resistente y elástico en determinadas temperaturas. Además, es biodegradable. La cubierta de los tomates, esa piel que se desecha en la industria conservera o partidas en los invernaderos en mal estado, tiene una segunda vida. «Nosotros lo podemos aprovechar, es economía circular», asegura Heredia.

El proyecto de estos tres investigadores convierte la piel de muchas frutas en pequeños envases para productos de alto valor añadido. «No va a servir para hacer bolsas de plásticos o grandes recipientes, porque no hay tanta materia prima», añade Heredia.

La transformación

Una vez separada la piel del resto de tejidos orgánicos, aplicaron diversos tratamientos químicos que favoreciesen su descomposición y disolución. De esta forma, obtenían las sustancias químicas básicas que, posteriormente, colocaban en medios sólidos para disponer de una masa consistente del material ya seco.

Tras este proceso de obtención de la parte útil de los restos orgánicos, los expertos procedieron a la formación de una capa compuesta por este material. Para ello, introdujeron esta pasta en disolventes orgánicos (mezcla de alcohol, metanol y acetona). Tras una reacción de condensación a alta temperatura -por encima de los 120º- obtuvieron una deposición de una película de color anaranjado.

Ahora, con el proyecto bien planteado en el laboratorio, el siguiente paso es hacer proyectos a escala real. «Hemos mejorado el procedimiento», puntualiza el investigador. Una optimización que les ha llevado a otro proyecto: «Usarlo para la cubierta interior de determinados envases como tetrabrik o latas». En la actualidad la industria utiliza polímeros derivados del petróleo para evitar que las bebidas y alimentos entren en contacto con el aluminio de los envases metálicos.

Entre los componentes de estos plásticos figura el bisfenol A, un compuesto aromático. El último informe de la Agencia Europea de Seguridad Alimentaria mantiene que con los actuales niveles de exposición, esta sustancia no es nociva, pero en algunos países como Francia su uso está prohibido.

Su solución es un film nanométrico que recubriría esos envases y latas y que además es biodegradable. «Hay empresas muy interesadas en ello y ahora estamos optimizando esos recursos para tener un resultado óptimo», añade.

 

Fuente: texto e imagen de La Verdad

 

 
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