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La prestigiosa y conocida revista científica Nature publicó el 21 de Julio de 2016 un artículo en el que un grupo de investigadores de varias disciplinas (Turner et al. Nature 535: 411-415, 2016) menciona que la Península Antártica se está enfriando paulatinamente. En la misma nota hacen referencia a que era uno de los lugares del globo que se venía calentando más rápidamente desde el último medio siglo, pero que este proceso empezó a revertirse a fines de los años ’90, con un descenso en la temperatura promedio de 0.5 grados centígrados por década. 

península antártica

Imagen: Antarctica XXI

El fenómeno estaría relacionado también con los cambios atmosféricos cíclicos conocidos como El Niño y la Niña en los primeros años de este siglo XXI.

Efectivamente, numerosos estudios anteriores llevados a cabo en 2002 sobre todo en la Barrera de Hielo conocida como Larssen B, demostraban que se estaba desintegrando y que la cobertura de hielos permanentes era cada vez de menor extensión. Conviene aclarar que esta cantidad de hielo presenta siempre variaciones dentro de un ciclo anual, en el que buena parte se derrite durante el verano y se vuelve a congelar durante el invierno. En realidad el verano en la Antártida es muy frío, por lo cual se considera como un “verano teórico”, que de todos modos llega a temperaturas ligeramente por encima de los 2 ó 3 grados centígrados en la Península, lo que contrasta con los -30 ó -40 grados del invierno. Las temperaturas por arriba del punto de congelamiento, aun siendo muy bajas como en este caso, hacen que el hielo se licúe y se mezcle con el agua de mar, lo que luego se compensa cuando los valores mucho más bajos del invierno vuelven a congelar el agua.

En teoría esto se debería mantener en un equilibrio dinámico, es decir que se producen variaciones anuales entre los meses fríos y cálidos, pero si se mide la extensión de la Barrera a igual época del año durante diferentes años, debería tener una extensión más o menos igual en la comparación interanual. En cambio lo que se verificaba a largo plazo era un calentamiento con la consecuente disminución en la extensión del hielo. Incluso este decrecimiento venía acelerándose, por un efecto que tiene que ver con la incidencia de los rayos solares sobre la roca de base. Ello porque mientras los rayos dan sobre el hielo producen un calentamiento no demasiado pronunciado debido al reflejo sobre la superficie blanca y brillante, pero cuando quedan al descubierto las rocas, que son predominantemente opacas y de tonos grisáceos oscuros, la absorción del calor es mayor, y además se acelera el derretimiento en la base del hielo, que se quiebra, se desprende y cae al mar todavía en estado sólido. Todo este proceso agravado además por el delgado espesor de la capa de ozono en el polo Sur, que no ejerce a pleno su efecto de filtro protector contra la radiación.

Simultáneamente, se verificaban datos análogos en el Ártico. Una diferencia importante entre ambos Polos es que la Antártida es un continente rodeado de océanos, como el Atlántico y el Pacífico, y está muy alejada de los otros continentes. Así, la mínima distancia, de unos mil kilómetros, es a Sudamérica (Tierra del Fuego) mientras que Australia o el Sur de África, quedan mucho más alejadas. En cambio el Ártico no es un continente de tierra firme sino solamente la superficie del mar congelado, rodeado de continentes como Norteamérica (Alaska y Canadá) y Eurasia, desde Escandinavia hasta el extremo de Siberia. Esta característica permitía que, durante la Guerra Fría, submarinos nucleares tanto de la OTAN como del Pacto de Varsovia, pudieran navegar por debajo de la capa de hielo, y como tenían previsto emerger rápidamente en caso de tener que disparar sus misiles atómicos, usaban sistemas de sonar para medir en distintos puntos estratégicos el espesor del hielo. Tras la desintegración de la Unión Soviética estos datos, que eran secretos militares, se hicieron públicos y pasaron a manos de los científicos, quienes pudieron comprobar un constante adelgazamiento del hielo en la superficie. Proceso que desgraciadamente no se ha revertido sino que sigue su curso.

Por ello es llamativo que en la Antártida se verifique este progresivo enfriamiento, aunque los mismos investigadores del equipo de Turner creen que no se contradice con el calentamiento global del planeta en su conjunto. De todos modos es evidente que hay nuevos matices, y que el cambio climático no es tan unidireccional ni parejo como algunos creían, sino que hay zonas del planeta que se calientan a diferentes velocidades mientras otras no se alteran demasiado o incluso se están enfriando.

El aumento en los niveles de los océanos representa un serio peligro para países costeros que están perdiendo terreno, como es el caso de algunas islas, o la situación de Bangladesh, cuyo territorio es mayormente parte del Golfo de Bengala y se asienta en el delta del Ganges. Pero por otro lado, el régimen de lluvias más abundantes ha favorecido el crecimiento de pastizales en el Sahara africano, que no sólo han frenado la desertificación sino que además absorben más cantidad de dióxido de carbono por el aumento de la biomasa vegetal que hace fotosíntesis, lo cual contribuye a mitigar el efecto invernadero.

Y si bien la opinión mayoritaria es que el calentamiento global se debe a la emisión de gases derivados de la actividad industrial, hay muchos que piensan que estaríamos en un ciclo natural de aumento de la temperatura a escala planetaria que empezó al final de la última glaciación, cuando el Homo sapiens recién hacía su aparición en la Tierra, de modo que las actuales emisiones de origen antrópico no incidirían demasiado en los cambios climáticos globales.

 

Por Carlos H. Prosperi, Profesor de Epistemología y de Biología en la Universidad Blas Pascal, académico de New York Academy of Sciences, miembro de Scientists Without Borders y Director Asociado del Centro Canadá Córdoba. Es Biólogo, Doctor en Ciencias Biológicas y Licenciado en Filosofía.

 

 
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