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Al terminar la carrera, cuando asesoraba fincas de agricultores, me di cuenta de que la mayoría no se comía los frutos que producía”, relata sin reservas Carlos Ledó, de Idai Nature. “¿Por qué?”, cuestionaba con asombro entonces. “Es que le echamos fungicidas para que la fruta aguante más. Pero, para mi familia, reservo un trocito de parcela en el que cultivamos sin productos químicos”, respondían sin disimulo, según Ledó. “Recuerdo un campo de fresas en Huelva, a punto de recolección. Venían lluvias y el agricultor me dijo: ‘Voy a meterle un fungicida para que aguante la humedad; no te preocupes que esto va para los franceses’. Hay que entender que ellos se juegan el año si pierden su cosecha y hacen cualquier cosa para salvaguardar sus intereses e ingresos; pero da miedo”, prosigue.

Idai Nature germina a raíz de esta extendida y mala práctica agrícola, no solo en España sino también en el mundo. Creada en 2009, en los inicios de la crisis económica, la empresa valenciana ofrece fertilizantes naturales y abonos orgánicos. Es decir, cura las enfermedades de las plantas con plantas y minerales. “Para controlar un hongo pulverizamos leche, canela, té o ajo”, ilustra su fundador y consejero delegado Ledó, ingeniero agrónomo de 43 años. Su fórmula viene de tiempos pasados: “Comenzamos a investigar, a buscar en libros antiguos de agricultura, cómo hacían los romanos el vino y qué aplicaban”, apunta.

De esta manera surgen sus infusiones, como le denomina a sus fertilizantes. Imagine que se toma una valeriana para la relajación o una manzanilla para la digestión, Idai Nature hace lo mismo: ofrece una para combatir las plagas, otra para los hongos y bioestimulantes que ayudan al crecimiento y a la floración; al aumento de la producción de frutos, para que sean más gordos, tengan más azúcar o color. Estas son sus tres líneas de producto, que incluyen un total de 80 brebajes.

“Hacemos decocciones botánicas y minerales en una olla gigante. Mezclamos y lo metemos en un formulador, como se llama, y después se deja reposar a una temperatura y presión constante. De esa mezcla sacamos un extracto, unos productos innovadores que nos permiten cultivar alimentos sin residuos. Según los ingredientes, cada uno tiene una función determinada”, precisa.

La I+D+i es la fórmula secreta de la empresa, su ADN, afirma Ledó orgulloso. Y es lo que le ha permitido diferenciarse y crecer durante la temporada de sequía. De hecho, su nombre –Idai– es un acrónimo de Investigaciones y Desarrollos Agrícolas Innovadores.

Inversión en I+D

De los 17 millones de euros que prevé facturar la compañía este año (incluida las filiales), dedicará 1,8 millones a esta partida. “Invertimos cinco veces más que la media del sector”, asegura. Y de sus 80 empleados (que prevé llegar a 100 el próximo año), 15 trabajan en investigación.

La Comisión Europea acaba de elegirla, en el marco de su programa Horizonte 2020, para elaborar zumos vegetales que ayuden a controlar las nuevas plagas que ya afectan a las plantaciones europeas. Es el caso de la Xylella fastidiosa, una bacteria que ataca el olivo, la vid, el almendro o el melocotón, y para la aparición de enfermedades en los cítricos. Un proyecto que comparte con universidades comunitarias. “La idea es encontrar en los próximos tres años soluciones naturales. Hay que hacer muchos ensayos, probarlo en varios cultivos y climas para que sea eficaz”, subraya. En España colabora también con la Universidad Politécnica de Valencia.

Mercados

Con filiales en México, Turquía, Argelia y próximamente en EE UU –en proceso–, la compañía exporta sus abonos a 31 países, un negocio exterior que representa el 50% de sus ingresos. Además de los destinos mencionados, Italia, Francia, Marruecos, Egipto, Irán y Chile son sus mercados más relevantes.

“Nosotros recorrimos el camino inverso: vendimos fuera primero y después en España, porque los bancos no daban créditos, no había financiación ni consumo interno. La única manera de empezar a operar fue con una carta de crédito internacional, una garantía de pago condicionada a una transacción comercial y que es emitida por una entidad financiera”, recuerda.

Gracias a esta apuesta internacional, hoy cuenta con 600 clientes de todo el mundo. Su cartera incluye desde grandes bodegas, productores hortícolas, de cuarta gama (aquellos que venden las bolsas de ensalada ya preparadas), frutales y hasta proveedores de las principales cadenas de supermercados. Además, ofrecen soporte técnico personalizado y desarrollos propios.

“Nada en mis orígenes fue sencillo. Tuve que optimizar costes y ser muy eficiente para poder sobrevivir. Pero fuimos y somos capaces de hacer producciones exentas de residuos, limpias, al mismo coste que las tratadas con sustancias químicas. Ofrecemos la cantidad del convencional con la calidad del ecológico”, afirma.

¿Qué importe supone para un agricultor o una agroindustria? “El coste por hectárea varía cada año. En agricultura dos más dos no son cuatro. Depende de si durante ese ejercicio llueve mucho, si aparecen muchos hongos, entonces tenemos que aplicar el producto varias veces, o si es seco”, aclara, sin dar cifras aproximadas.

En un futuro, la empresa se propone aterrizar en el África negra y las antiguas repúblicas soviéticas.

Consciencia social

¿Qué es lo que comemos? ¿Quién toma en cuenta nuestros intereses como consumidores? ¿Existe realmente la seguridad alimentaria? Fueron los interrogantes que se planteó Ledó hace ocho años y que le llevaron a la conclusión de que el modelo era insostenible. De ahí su intención de cambiarlo con el establecimiento de Idai, además de que suponía una oportunidad de negocio. “Afortunadamente existe ahora una tendencia global hacia la seguridad alimentaria, que ha llegado hace tres o cuatro años”, comenta.

En un horizonte no muy lejano, en España lo normal será señalar con una calavera los alimentos que se han cultivado con plaguicidas y no a los ecológicos, augura Ledó. Una práctica puesta ya en marcha en algunos países de Europa, dice. “Creo que coexistirán ambas agriculturas y el consumidor elegirá lo que quiera”, agrega.

Esta preocupación ha llevado a la empresa a colaborar también con organismos medioambientales como Greenpeace, la Asociación Española Contra el Cáncer y la Fundación Yo sano. En Senegal, a través de una ONG, enseña a la población local a cultivar su propio huerto. “La sociedad está cada vez más concienciada de que somos lo que comemos; esto es una gran verdad”, concluye.

 

Fuente: Cinco Días.

 


 
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