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Las estrategias de inversión sostenible están cobrando una especial importancia en el mercado de bonos. Al principio la emisión de este tipo de activos estaba reservada a utilities como Iberdrola, pero en los últimos años se han sumado desde Gobiernos centrales o regionales hasta entidades financieras. Polonia fue el primer país en colocar bonos del tesoro calificados como verdes en 2016. Un año después llegó el turno de Francia e incluso China. Y el pasado 5 de mayo el País Vasco emitió 500 millones en bonos sostenibles. Desde CincoDías nos dan unos consejos para invertir en bonos verdes.

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El resultado de todo ello ha sido un crecimiento exponencial en los últimos cuatro años. Según datos facilitados por Inversis, a cierre de 2017 el mercado de bonos verdes alcanzó los 300.000 millones de dólares. Solo el ejercicio pasado se emitieron hasta 100.000 millones. “El único camino es al alza para este tipo de activos”, afirma José María Lecube, director de renta fija en Inverseguros Gestión- Dunas. El experto defiende que “la mayor conciencia en cuanto a los problemas medioambientales está llevando a una creciente demanda por parte de inversores”. Algo que se está viendo favorecido por el apoyo que están haciendo los grandes inversores institucionales con mayores activos bajo gestión. “Ya no son solo inversiones de nicho”, afirma Jesús Garrido, responsable del mercado de capitales de ING.

El apetito por esta clase de activos es una de sus principales señas de identidad. En las emisiones de bonos verdes “vemos impactos positivos en la demanda, ya que se ve ampliada respecto a la de un bono normal. Además, los inversores en sus órdenes suelen tener menos sensibilidad a los niveles de emisión. Sus intereses son a largo plazo y con cuentas de comprar y mantener”, matiza Garrido.

Todos aquellos que quieran incluir estos títulos en cartera deben tener en cuenta que como activo financiero, las características son las mismas que la un bono tradicional. Es decir, se trata de un préstamo que el comprador concede a su emisor. “No hay que olvidar que detrás de una inversión ecológicamente responsable tiene que haber una inversión financieramente sostenible. El ahorrador tiene que intentar asegurarse de que le devuelven el principal y los intereses”, explica José María Lecube.

Su principal diferencia radica en que los recursos captados por la empresa, Gobiernos o entidades han de ir destinados a proyectos relacionados con la mejora medioambiental y social. Así, la empresa que quiere entrar en este segmento deberá contar con una estrategia clara y coherente sobre sus políticas ambientales sociales y de gobierno corporativo. Los expertos señalan que esto supone que en las operaciones de bonos verdes no solo interviene el departamento financiero sino que requiere del área de responsabilidad social corporativa.

Garrido indica que los inversores que se decanten por los bonos verdes pueden medir de un modo directo cuál ha sido el efecto de su inversión. Habitualmente, “los emisores publican indicadores cuantitativos y cualitativos del efecto de la inversión generada por un bono verde”, explica el responsable de ING. El experto sostiene que dada la mayor información disponible de estos bonos y “el informe periódico posterior” los inversores tienen más herramientas para controlar el estado de la inversión y la salud de la compañía. “Esto hace que los que opten por estos títulos puedan tener mayor calidad en sus análisis de riesgo y puedan aportar un toque diferenciador a las gestoras que se decanten por ellos”, subraya Garrido.

Desde Inversis avisan de que la correlación entre el índice global de bonos verdes (Bloomberg Barclays MSCI Global Green Bond) y el de renta fija global (Bloomberg Barclays Global Aggregate) es de más del 90%. “La rentabilidad es ligeramente superior, con una volatilidad similar en los últimos tres años. No hay apenas diferencia en los tipos ni en la duración, pero sí en el número de emisores: 180 en bonos verdes y 14.000 en títulos tradicionales”, explica Gonzalo Thomé, analista sénior de fondos de Inversis. Según el experto, esto justifica que la incorporación de bonos verdes en una cartera tradicional no cambie el perfil de rentabilidad/ riesgo de los inversores, pero “sí puede modificarla en cuanto a sectores representados, países, divisas y concentración”. Eso sí, Thomé recuerda que como con casi todos los activos, para exprimir la rentabilidad es fundamental llevar a cabo una gestión dinámica y discrecional.

Los expertos señalan que el comportamiento de estos activos en el mercado secundario es similar el resto de bonos. Es decir, cuando existen episodios de volatilidad, las rentabilidades aumentan con la consiguiente caída en precio. No obstante, en ING sí que observan una mayor resistencia a las incertidumbres.

Últimas emisiones

Los bonos verdes despiertan el interés tanto del sector público como del privado. En España, a la emisión de 500 millones del País Vasco se suman las llevadas a cabo por la Comunidad de Madrid y Adif. En el lado corporativo destaca Iberdrola, la primera en poner en marcha estas colocaciones en 2014, con la emisión a comienzos de año de 700 millones en bonos híbridos verdes, y ACS, que en abril vendió 750 millones en un bono verde a ocho años. En los últimos tiempos hasta las entidades financieras se han visto llamadas a entrar en este negocio. El caso más sonado fueron los 1.000 millones de euros en deuda sénior non-preferred a siete años colocada por BBVA a comienzos de mayo.

Hasta las petroleras comienzan a mirar con buenos ojos estos activos. En España el caso más controvertido fue el de Repsol, que vendió 500 millones en bono verde. En ING creen que el desarrollo normativo desde la Comisión Europea podría desembocar en algún incentivo de capital para bancos y aseguradoras que inviertan en este tipo de operaciones.

 

Fuente: texto e imagen de CincoDías

 

 
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